Interacciones fármaco-alimento

A pesar de que el personal sanitario está atento a posibles interacciones Fármaco-Fármaco (IFF), suele prestarse una menor atención a interacciones Fármaco-Alimento (IFA). Estos tipos de interacciones pueden darse entre un fármaco y uno o varios nutrientes, por ciertos alimentos o dietas o según el estado nutricional del paciente. Las IFA, aunque no siempre negativas, deben ser conocidas tanto por el personal sanitario como por el paciente, siendo esto especialmente indicado para fármacos de estrecho margen terapéutico como los antihipertensivos o anticoagulantes o medicamentos que requieran unos niveles en plasma constantes, como los antibióticos. En este texto nos centraremos en las alteraciones más comunes ocasionadas por IFA o de un fármaco con el estado nutricional del paciente.

Durante el proceso absortivo en el sistema digestivo, la presencia de alimentos puede modular tanto la velocidad de entrada del fármaco como la cantidad absorbida. La adsorción, ionización o quelación del fármaco reducirá su absorción generalmente, pero otras interacciones con alimentos como el zumo de pomelo puede incrementar su absorción al inhibir la glicoproteína P intestinal (P-gp) y citocromos hepáticos, permitiendo el paso de una mayor fracción de fármaco a sangre

Zumos de frutas y medicación, peor juntos que por separado. Los medicamentos, mejor con un vaso de agua. Consulta a tu médico o farmacéutico.

Una vez absorbidos, los fármacos se distribuyen y circulan en sangre generalmente unidos a proteínas plasmáticas, pero solo ejerce su acción aquella fracción de fármaco que se halla libre. En este punto, lo más importante es el estado nutricional, pues unos niveles de proteínas plasmáticas disminuidos en el caso de desnutrición aumentará la fracción libre de fármaco, con posible toxicidad. También es importante considerar el sobrepeso u obesidad del paciente, lo que aumentará el volumen de distribución de fármacos liposolubles, causando una acumulación que puede resultar peligrosa en tratamientos crónicos o ineficacia terapéutica por niveles subóptimos a corto plazo.

Desde el instante en el que el fármaco ingresa en el organismo (e incluso antes mediante metabolismo intestinal de los enterocitos) empieza a ser metabolizado, principalmente por el hígado. Aquí de nuevo influye el estado nutricional del paciente, así como la presencia de inductores o inhibidores enzimáticos. Por ejemplo, las carnes a la barbacoa o las crucíferas (col, brócoli, coliflor…) contienen inductores del metabolismo hepático, que causan una disminución de los niveles de fármaco en plasma.

La salida de la mayoría de fármacos y su metabolitos se produce por vía renal, siendo el pH de la orina la que condicionará una mayor o menor permanencia en el organismo. El papel de los alimentos en este caso consiste en condicionar el poder alcalinizante o acidificante de la dieta. Siendo la mayoría de fármacos ácidos o bases débiles, el pH de la orina marcará su ionización (haciéndolos más solubles en orina) y por tanto su eliminación con mayor o menor rapidez. No obstante, lo que describe la acidez de un alimento no es su pH químico sino el pH de sus cenizas, es decir, sus minerales. Los alimentos de origen animal y cereales, salvo leche y derivados, contienen cenizas ácidas y por tanto reducen el pH de la orina, mientras que los alimentos de origen vegetal, salvo lentejas, arándanos y ciruelas, son alcalinizantes. A efectos prácticos, esto significa que si nuestra orina es ácida expulsaremos con mayor rapidez medicamentos como la codeína (antitusivo), cloroquina (antimalárico) o imipramina (antidepresivo), mientras que si alcalinizamos la orina fármacos como los antibióticos nitrofurantoína, sulfonamidas o ácido nalidíxico y barbitúricos permanecerán menos tiempo en nuestro organismo.

Otros componentes bioactivos de los alimentos también deben considerarse, como el caso de la glicirricina del regaliz, presente también en bombones, caramelos, helados o pastillas de juanola, que pueden causar hipertensión arterial al mimetizar la acción de la aldosterona. También hay hábitos no alimentarios que merece la pena destacar por su relevancia como el caso de fumadores o bebedores crónicos, cuya pauta posológica de medicamento deberá ser adaptada en el caso de ingreso hospitalario o abandono voluntario reciente de su consumo, pues estos compuestos son inductores enzimáticos y se espera un incremento de los niveles plasmáticos del fármaco a medida que se aleje la fecha desde la última consumición realizada.

Caramelos de regaliz, un alivio para la tos pero un castigo para tu tensión arterial, modera su consumo.

No obstante, no todas las IFA son negativas, en ocasiones es conveniente administrar los fármacos con alimentos, bien para aumentar su fracción absorbida (antifúngicos como la griseofulvina deben tomarse junto a comidas grasas), bien para minimizar el riesgo gastrolesivo o irritante del medicamento (AINES)

Por tanto, es necesario que los profesionales sanitarios estén informados y alerta sobre las posibles IFA que puedan darse tanto en los pacientes ambulatorios como hospitalarios, orientando al paciente sobre los alimentos que debe tomar o no por su medicación actual, así como alertar sobre el peligro de mezclar alcohol con medicamentos o en el caso de dejar de fumar o de beber, donde las pautas farmacológicas deberán ser revisadas. Por último, en tratamientos crónicos, será necesario estar alerta sobre la influencia de la medicación para causar déficits nutricionales que deberán ser suplidos adecuadamente mediante suplementos (Hierro, ácido fólico…), dado el caso.

En el futuro, nuevas investigaciones determinarán como la influencia de los polimorfismos genéticos, factores ambientales y microbiota intestinal pueden combinarse y afectar o condicionar la susceptibilidad individual a cada tipo de IFA.

 

Antonio Alfonso García

Graduado en Nutrición Humana y Dietética

Máster en Calidad y Seguridad Alimentaria

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